

Con sentimientos de dolor, pero también de profunda esperanza cristiana, la comunidad de la Diócesis San Juan Bautista de Calama se reunió para despedir al diácono permanente Galvarino Muñoz, conocido cariñosamente por familiares y amigos como “Foquita”, quien dedicó parte importante de su vida al servicio de la Iglesia y de quienes más necesitaban acompañamiento y consuelo.
La Misa responso fue presidida por el obispo de Calama, monseñor Tomás Carrasco Cortés, quien estuvo acompañado por el vicario pastoral, padre Rubén Valderrama; el párroco de San José Obrero, padre Óscar Alexander Gallego; sacerdotes de la diócesis y diáconos permanentes. También estuvieron presentes familiares, amigos y numerosos integrantes de las comunidades parroquiales de San José Obrero y San Juan Bautista, lugares donde Galvarino desarrolló su ministerio diaconal.
Durante su homilía, el obispo invitó a vivir este momento desde la fe, reconociendo que ella no elimina el dolor, pero permite sostenerlo y descubrir en medio de la despedida la esperanza de la vida eterna.
“Uno dice, ¿qué palabras puedo decir de Galvarino? Para Galvarino no queda otra opción que darle gracias a Dios por el regalo de la fe”, expresó monseñor Carrasco, señalando que la fe “no viene a explicarle el dolor, pero viene a sostenerlo, a darle sentido, y a decirnos que hoy comienza una historia nueva, la historia con Dios para siempre”.
El obispo destacó que el ministerio de Galvarino estuvo marcado por la cercanía, la sencillez y la alegría. Como diácono permanente, acompañó a numerosos hermanos en momentos importantes de sus vidas, administró el sacramento del Bautismo, visitó y llevó la Sagrada Comunión a personas enfermas, acompañó despedidas y celebró liturgias de responso, además de servir en el altar y en distintas acciones pastorales.
“Cuando sirvió en la mesa del altar, en la mesa de los pobres, cuando llevaba consuelo a quienes atravesaban las cañadas oscuras, no lo hizo desde un pedestal, sino codo a codo, con las manos, esas mismas manos de carpintero, siempre dispuesto también a ayudar”, señaló monseñor Carrasco.
Precisamente, el oficio de carpintero de Galvarino se convirtió en una expresión concreta de su servicio a la comunidad. El obispo recordó que sus manos no solamente estuvieron al servicio del trabajo cotidiano y de su familia, sino también de la Iglesia.

“Él dejó huellas, no solo con su servicio litúrgico, sino con algo más tangible, también con su mano de carpintero”, afirmó, destacando que varias bancas y elementos presentes en los espacios parroquiales fueron construidos por el propio diácono.
“Contento, Señor, contento”
Otro de los momentos destacados de la homilía fue el recuerdo de un mensaje que Galvarino había compartido aproximadamente un mes antes de su partida. En él, el diácono reflexionaba sobre la necesidad de no vivir en la tristeza cuando se tiene la certeza de que el Señor acompaña y llama.
Monseñor Carrasco relató que el diácono Leonardo Rodríguez le había enviado aquel registro y recordó las palabras de Galvarino: “¿Por qué estar triste, cuando es el Señor quien nos ha llamado? ¿Por qué estar triste cuando el Señor está con nosotros? Hay que anunciar el Evangelio con alegría”.
El mensaje concluía con una expresión profundamente vinculada a la espiritualidad de San Alberto Hurtado: “Contento, Señor, contento”.
Para el obispo, aquella frase refleja la alegría serena que caracterizó al diácono, una alegría que no era superficial, sino nacida de la confianza en Dios.
“Esta es la alegría del que cree que la vida no termina aquí; la vida comienza, para terminar al lado de Dios contemplando su rostro”, manifestó.
El reconocimiento a su familia
Al finalizar su reflexión, el obispo dirigió especialmente sus palabras a Sonia Espinoza Rojas, esposa de Galvarino, y a sus hijos Maritza, Claudio y Cristian, reconociendo que ellos conocieron de manera más profunda al esposo y padre que existía detrás del ministro que la comunidad veía en el altar.
“Ustedes conocieron al hombre que después de un día de trabajo o de servicio parroquial volvía a la casa, pero me han contado que siempre volvía o andaba con una broma en los labios, con una ternura en las manos”, expresó.
Monseñor Carrasco destacó que la entrega de Galvarino a su familia constituye también un testimonio de la autenticidad de su vocación.
“No hay servicio más creíble que el de quien primero ama bien a su familia y después a sus hermanos”, afirmó, recordando que la primera misión del diácono es amar y servir a su “Iglesia doméstica” para, desde allí, servir a la Iglesia universal.
Finalmente, invitó a la familia y a toda la comunidad a transformar las bancas construidas por Galvarino en un recuerdo permanente de su vida de servicio.